21 de mayo de 2011

La bruja de campo


La noche cayó majestuosa sobre Chinauta. El sol se había retirado después de haber hecho alarde de su dignidad en un atardecer verdaderamente memorable que me preocupé de capturar en la cámara de video. Fue en ese momento cuando pensé titular la pequeña pieza documental sobre el ancianato - nuestra razón para estar en esa población - con el poco original nombre de "En el Ocaso de la Vida". Era el final de un día de trabajo para seis estudiantes universitarios que ahora sólo pensaban en conversar y beber un rato antes de acostarse. Continuaríamos las pocas tomas pendientes en la mañana siguiente y volveríamos a Bogotá cerca del mediodía.

Era la primera vez que nos reuníamos a beber. Habíamos estado trabajando en la preparación de ese trabajo durante algunas semanas, pero el grupo era lo suficientemente heterogéneo como para terminar enemistado a final de semestre. De hecho, ninguno de quienes estuvimos reunidos esa noche volveríamos a trabajar juntos en nuestras vidas. Una de ellos haría una modesta carrera en el modelaje, otra viajaría finalmente a Europa y yo abandonaría mi ejercicio profesional para dedicarme a vender flores y perseguir mi sueño de hacerme escritor algún día, preferiblemente antes de morir. De los otros, una joven que lamentablemente no recuerdo y un muchacho con perfil más empresarial que creativo, no tengo mayor noticia.

Habían motivos para celebrar. Fue un día de trabajo organizado, bien planeado, con toques de buena suerte que después se evidenciarían en el trabajo final. El hotel que nos acogía, propiedad de unos amigos de la familia de una de los presentes, bordeaba un precipicio a la derecha de la carretera. El paisaje era hermosísimo y el clima, extraordinariamente agradable. Sin saber de nuestras diferencias futuras, charlamos sobre los más insospechados temas, mientras se empeñaban en hacerme beber. Para esa época aún me quedaba mucho del abstemio empedernido que fui en mi adolescencia. Bebimos y conversamos de cosas que no recuerdo. Fue una buena noche.

Cerca de la una o dos de la mañana, decidimos ir a dormir. Teníamos labores pendientes al día siguiente y, contrario a lo que la gente suele imaginar de esos viajes universitarios, cada quien fue a la habitación que le correspondía. Para esa hora ya no existía paisaje alguno, solo una venerable oscuridad que cubría el precipicio y el río que casi sin emitir sonido corría caudaloso en el fondo. Las habitaciones estaban dirigidas a esa oscuridad e incluso en los baños se podía disfrutar el paisaje ya que su ventana, protegida por el abismo de la amenaza de los curiosos, era totalmente transparente. Dormí un sueño intenso, profundo, durante unas dos horas.

Me desperté en la oscuridad de la madrugada. Mi amigo roncaba felizmente del otro lado de la habitación. Sin hacer ruido, caminé en la oscuridad hacia el baño y no prendí la luz hasta no haber cerrado la puerta, para no despertarlo. Afuera reinaba la calma. Se escuchaba suavemente el sonido de los árboles movidos por un viento suave y un murmullo leve que atribuí al río. Tenía sueño y sentía los ojos hinchados. Me molestaba la excesiva luz del baño que se reflejaba en las baldosas blancas que cubrían el piso y las paredes. Pensé entonces que el baño relucía en la oscuridad del abismo como una linterna y que finalmente, aunque fuera desde una distancia considerable, alguien bien equipado podría espiar a los huéspedes de aquel lugar sin dificultad. Agradecí ser hombre y no sufrir ese pudor.

Entonces sucedió. Una carcajada burlona, corta resonó en la oscuridad del abismo. -"Jujujujujujuju" Abrí los ojos y enderecé mi espalada, sentado como estaba en el inodoro. Ciertamente era una posición incomoda para mirar a través de la ventana que se hallaba justo a mis espaldas y en la oscuridad sólo se veían unas pocas ramas de las copas de los árboles. Pensé que estaba atrapado por las circustancias, sentado allí, sin poder moverme. Sentí una tentación de risa por ese hecho. No estaba asustado, pero era para mí una situación bastante singular. Las explicaciones se elaboraban rápidamente en mi cabeza, cuando lo escuché de nuevo: -"Jujujujujujuju". Era una risa claramente humana, femenina, burlona. Alguien quería gastarme una broma desde el suelo lejano. En la oscuridad de aquel lugar, era un blanco fácil. Cualquiera podría suponer qué hacía yo despierto en ese lugar, y no habría forma de que pudiera identificar a la culpable.

-"Jujujujujujuju". Otra vez. Tal vez en un lugar distinto. Tal vez entre la copa de los árboles. Un sonido que bien podría ser causado por un pájaro, aunque me pareció oirlo claramente humano. La situación era curiosa, pero ya era un poco desagradable. Finalmente pude incorporarme y retirarme de ese lugar. Abrí la puerta del baño y estiré mi mano al interruptor para apagar la luz. Justo en ese momento el fuerte ruido de algo que chocó contra la ventana hizo saltar mis músculos y volteé a mirar con nerviosismo. Allí, contra el cristal, ví la silueta de un pájaro negro, desconocido, grande. Su tamaño me pareció similar al de una gallina. Me pareció que algo en la fisionomía del animal no encajaba bien, y en su momento no pude determinar qué era eso tan extraño que me llamaba poderosamente la atención. Sin embargo, contra mis propias suposiciones, la visión de este extraño animal no me produjo un mayor miedo, sino alivio. -"Era un pájaro", pensé sonriendo. Apagué la luz, cerré la puerta y me acosté a dormir, tan profundamente como antes.

Después de una mañana de trabajo en el ancianato, partimos de nuevo hacia la ciudad. En esas horas de reposo, me puse a pensar en mi experiencia, tratando de recordar cada detalle. De repente, la imagen del extraño pájaro reapareció en mi memoria y un escalofrío recorrió mi espalda cuando pude comprender qué detalle lo hacía tan particular: ¡el animal no tenía pico!

12 de mayo de 2011

Cotidiana

Hay días en que me levanto
con una cierta tristeza
no muy grave
que es más bien como un tono,
una suave melodía de fondo
que lo recubre todo
y que, a veces,
se pone de acuerdo con el clima.

Podría culpar de esa tristeza
a un amor esquivo
a la añoranza de otros paisajes
al deseo de una vida más simple
o una más agitada.
Podría culpar, ¿porqué no?
al clima o al cemento gris
de la ciudad en que vivo.

Pero lo cierto es que esa tristeza
son mis ganas de escribir
mis anhelos de esperanza
la rebeldía de creer
en las verdades abandonadas
mi propósito de enmienda
siempre pospuesto
mi último síntoma de humanidad.

Por eso no reniego de ella
la acaricio, la acepto
y la llevo conmigo a donde vaya
y le ruego a veces que me inspire
que me regale unas palabras
para consolarme después al compartirla.

Es una tristeza feliz, si me permiten,
un impulso vital que me acompaña.